historia del arte de herrar
(Christian thomas y constantino sánchez)

HISTORIA DEL ARTE DE HERRAR

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Los vestigios más antiguos, de los que se tienen noticia, de herraduras de caballo datan de 2.400 años antes de J.C., hallazgo hecho por "Quiquerez" en 1.864 en el Jura Suizo.

Siglos más tarde, en la época de los Galos, la forja era considerada como algo mágico próximo a la religión, el hecho de transformar con el fuego un metal duro y sin forma, en algo maleable que adoptaba la forma deseada, tenía que ser algo cercano a la brujería. Por esta razón era prácticada por los Druidas (sacerdotes Galos). Y sería gracias a la herradura como los Galos invadieron diversas regiones hasta llegar al Asia. También formaron parte de la caballería de pueblos guerreros y conquistadores como Cartago (5.000 jinetes galos figuraban en la armada de Anibal), y posteriormente de Roma, que contrariamente a lo que se piensa, no se preocupaban demasiado de su caballería.

Jenofonte (historiador, filósofo, escritor y general ateniense) fué un gran hombre de caballos y el primero que escribió sobre equitación, entre sus obras se cuentan "El comandante de la caballería" y "El arte ecuestre" (aproximadamente 500 años antes de J.C.). Nos hablaba de poner los caballos sobre un suelo irregular y duro para fortalecer los cascos, hablando únicamente de "embataï" (especie de sandalia de cuero atada al pie del caballo).

Los romanos no escribieron nada sobre la herradura y el clavo, llegando tan sólo a hablar de "hipposandalias" o "sparteas", placas de hierro con lenguetas laterales por donde pasaba una correa para atarla a la cuartilla, usadas sobre todo todo para evitar las heridas plantares ocasionadas por los "abrojos" (hierro de muchas puntas que se usaba para evitar el avance de la caballería). Podemos fácilmente imaginar las heridas ocasionadas por este estilo de herraje. Se dice que Nerón hacía poner a sus caballos plantillas de oro y a los de Popea (su esposa) de plata. De ahí viene la tradición de que encontrar una herradura proporcionaba buena suerte, se comprende facilmente....

La herradura Merovingia (aproximadamente en el 750 después de J.C.) era una herradura muy cubierta, plana y con seis claveras, que sólo dejaba a la ranilla tocar el suelo.

La herradura de la época galo-romana era una herradura ligera (250 gr.), poco cubierta, ondulada por los rebordes
ocasionados por las claveras, y sujeta por clavos forjados también a mano, que eran clavados pero no se cortaban ni remachaban, tan sólo se retorcían en forma de tirabuzón, enrollados sobre ellos mismos.

Es instructivo saber , que no hace muchos años, cuando se abrieron las fronteras de la Mongolia China, las herraduras y los clavos no habían evolucionado en absoluto del modelo antes descrito; y esto hace poco más de una decena de años.

En la Edad Media, durante los siglos X y XI, los caballeros tenían la obligación, no sólo de cuidar sus armas y sus caballos, sino también de herrar estos últimos.

Una leyenda del siglo XIII cuenta que Eligio, orgulloso de su habilidad de herrero, escribió sobre el rótulo de su fragua "Maestro de maestros". Dios Padre envió a su Hijo para castigar su arrogancia, Jesús tomó la apariencia de un herrero, Eligio le encargó herrar a un caballo muy valioso, el Hijo de Dios cortó la pata del animal de una cuchillada, emparejó el casco, clavó la herradura y colocó de nuevo el miembro en su lugar. Cuando Eligio quiso hacer lo mismo, la sangre saltó a borbotones y cuando el caballo estaba a punto de morir Jesús lo curó, entonces Eligio le reconoció y le imploró que le perdonara. Conservó en adelante su sencillez y su modestia, atribuyéndosele poderes sobrenaturales en la corrección y tratamiento de los pies de los caballos. Es actualmente el Santo Patrón de los herradores, cuya imagen se encuentra en la iglesia de San Miguel en Florencia.

A consecuencia del papel importante que la caballería jugó en los combates de la Edad Media y de la utilidad, cada vez mayor, que prestaba la herradura en los caballos de guerra, la posición del herrador fue engrandenciéndose rapidamente, hasta el punto de recibir distinciones poco comunes en aquellos tiempos. De aquella época datan los títulos de Mariscal, aún hoy en Francia los herradores se denominan Maréchal-Ferrant (Mariscal-Herrador), y Condestable (Conde de Establo), títulos ambos que sólo poseían los herradores.

Es aproximadamente en el siglo XV cuando la herradura adopta una ranura circular entre las claveras, lo que permite utilizar clavos de lámina plana, remachados en el casco. Es también en esta época cuando aparece una especie de pestaña.

En el siglo XVI evoluciona el arte de herrar junto con las herraduras, sobre éstas últimas aparecen las pestañas, pero todavía se hierra en frío. Surgen por fín los primeros tratados escritos: "Libro de Albeitería" (1536) del Zamorano Francisco de la Reyna, "La Maréchalerie" del jinete italiano Laurenti Rusi (1563), "La Grande Maréchalerie" del francés Jean Massé (1563) y sobretodo "La forma de bien embocar, manejar y herrar los caballos" de César Fiaschi (1564). La herradura se hace más pesada, para amortiguar el peso de las armaduras, de las armas y de los caballos, que son también más masivos en consecuencia. Todavía en este siglo (1583) se reimprimió en Toledo el libro titulado "Enfrenamientos de la gineta y de la manera y orden del herrar italiano para la seguridad del caballo", escrito por Eugenio Manzanas, que habla por vez primera de la elasticidad del pie.

En el siglo XVII aparecen entre otras, "El Perfecto Jinete", "El Gran Herrador" y "El Verdadero Conocimiento del Caballo" de Carlo Ruini (1598) en el que describe la primera herradura de media luna, entre otras herraduras patológicas.
Pero sobre todo destaca en este siglo Solleysel, autor del "Perfecto Herrador" (1664), en el que entre otras encontramos la primera herradura pantuflada para recuperar un casco encastillado o prevenir la encastilladura.

Llegamos al "Siglo de las Luces" con autores como La guérinière (1733), Saunier (1734) o Garsault (1741), sin cambiar gran cosa en la ciencia del herraje. El Valenciano Salvador Montó (1742), aporta novedades técnicas. En este mismo siglo aparecen Lafosse (1756) y Bourgelat (1771) que nos hablan ya de la importancia de los buenos aplomos, la justura, el herraje en caliente, etc.

El Arte de Herrar no cesó de mejorar, surgieron herraduras patológicas que, perdiendo su simpilicidad, se convirtieron en obras complicadas a veces totalmente inutilizables, como la herradura dilatadora.

Con la creación en Alemania de la primera Escuela inaugurada en 1847, se dió un extraordinario impulso al arte de herrar. A ésta la siguieron otras orientadas a la formación de herradores militares y civiles, cualificados y habilitados con título y diploma de competencia. Algo parecido aconteció en el imperio austro-húngaro y otras naciones como Francia, Italia, Rusia e Inglaterra, donde esta influencia positiva se hizo notar y el arte de herrar se colocó en un plano de altura, renació floreciente y renovador. De entonces datan las publicaciones más ambiciosas. La primera revista sobre esta materia se publicó en 1833 (Lungwitz, Dresde, Alemania).

En los paises donde estas escuelas se detuvieron, languidecieron o desaparecieron, se produjo un progresivo retroceso que llevó a la crisis de herradores competentes con notable influencia en la integridad anatómica y funcional del pie, y consecuentemente en el menor aprovechamiento y rendimiento del caballo.

En la última mitad del presente siglo, la profesión de herrador ha evolucionado de forma sorprendente. El herrador ha ido desapareciendo con los caballos de tracción y los dedicados a las labores agrícolas. Una generación de caballos de ocio y deporte estaba surgiendo poco a poco, y no encontraba profesionales cualificados para atender esta demanda cada vez más acuciante. Sin duda, no era fácil jugar a las adivinanzas en lo que concierne al lugar reservado al caballo en la sociedad de hoy, más rica que la de antaño, y con más tiempo para cosumir actividades que están ligadas al ocio.

Todo hace pensar que, espoleados por las necesidades del sector y por las interesantes ganancias económicas, el arte de herrar está en vísperas de un nuevo resurgir lleno de vitalidad.

El herraje es a la vez arte y ciencia y es de todo punto esencial que las personas que practiquen el oficio lo hagan sobre la base de sólidos principios científicos.

La evolución continúa y continuará.....


Por Christian Thomas y Constantino Sánchez Martínez
Publicado en la revista Ecuestre