Poner la cabezada y coger las manos y los pies son las primeras verdaderas
lecciones que realmente le damos a un potro. Por lo general, no suelen estar
muy bien enseñados. Los métodos que aquí se describen
ilustran la aplicación de reglas sencillas para todo tipo de adiestramiento:
cualquier movimiento en la dirección deseada se hace fácil y
agradable hasta que poco a poco vamos desarrollando la respuesta que queremos.
Mientras tanto, el caballo entiende que el aprendizaje es agradable, una actitud
que hace que después el adiestramiento sea más sencillo.
Nunca es demasiado pronto para iniciar a un potro en el aprendizaje. Durante
los primeros días de vida es bueno acostumbrarle a que sea tocado por
todas partes, a que se le cojan las manos y los pies, a que esté en
contacto con cuerdas y a que tenga un saco por su dorso. Podría ser
llevado al lado de su madre con un saco ancho y suave alrededor de su cuello.
Nunca olvidará estas lecciones, tanto es así que incluso aunque
no vuelva a ser tocado durante un año siempre será más
fácil de manejar.
Si no se ha aprovechado esta oportunidad, el mejor momento para ponerle la
cabezada a un potro es en el destete. Sus reacciones posteriores todavía
serán fuertes, pero ya no tendrá una madre a la que preferir.
Es fácil ponerle la cabezada en el destete por la fuerza, pero nunca
es aconsejable. Cuando se emplea una cabezada, lo normal es que el potro se
encabrite y se caiga. Una mala caída podría incluso llegar a
romperle un hombro o costarle un ojo. Las dislocaciones de cuello o de cadera
son bastante habituales, pero podrían pasar desapercibidas durante
años hasta que la doma del caballo estuviera más avanzada y
se descubriera que tiene extrañas resistencias a las flexiones y a
los giros. Estas dislocaciones son alarmantemente frecuentes aquí en
España donde no hay osteópatas que las traten. Tirar de un potro
reacio hacia delante también puede producir una dislocación
de las vértebras del cuello. Si el potro es más mayor lo normal
es que se le ate, lo que también es un riesgo, aparte de que después
de eso pocas veces será posible cogerlo.
El método que se ofrece a continuación es adecuado para un caballo
de cualquier edad, no requiere ninguna fuerza y enseña gran cantidad
de lecciones además de a ser dirigido.
El potro debe estar dispuesto a venir hacia nosotros. No importa si esto sólo
se debe a que tenemos un cubo de comida o un puñado de hierba en la
mano o si es demasiado tímido como para acercarse. Lo que importa es
que esté dispuesto a dar un paso hacia nosotros. Si su reacción
automática al ver a una persona es intentar huir, ponerle la cabezada
será tan sencillo como enseñarle a cantar a un hombre sordo.
Para cogerlo más fácilmente lo mejor es hacer que se acerque
por la comida al principio y que nos agachemos y evitemos mirarle fijamente
a los ojos: los caballos consideran esto amenazador.
Utilice una cuerda lo suficientemente larga como para rodear el cuello del
potro y que además toque el suelo, con un mosquetón lo suficientemente
grande como para que la cuerda pueda resbalar por él con facilidad.
No haga ningún nudo en el extremo, ya que si el potro se las arregla
para poner su pie entre los ramales habrá muchas dificultades para
liberarlo.
Ponga la cuerda por el cuello del potro pasándola por el mosquetón
y haga un nudo para que si hay un tirón se tense, lo que hará
que el potro pueda soltarse fácilmente pero no pueda caerse. Después,
déjelo solo en un pequeño corral o en la cuadra hasta que pisarla
ya no le asuste.
Haga la lazada más o menos a mitad del cuello del potro y añada
otros 5 m de cuerda al final de la cuerda de la cabezada. Permanezca en el
centro del corral y deje que él se mueva libremente a su alrededor
sujetando la cuerda de forma que quede suelta. Cuando se detenga, dé
ligeros tirones secos repetidas veces, aproximadamente uno por segundo, hasta
que doble su cuello hacia usted. En cuanto muestre la más mínima
reacción positiva, relájese, afloje la cuerda y prémielo
claramente acariciándole si le gusta. Sin embargo, lo más probable
es que su primera reacción sea moverse hacia delante, no hacia usted,
sobre todo si los tirones son demasiado fuertes. Deje que avance pero en cuanto
pare, empiece a dar tirones de nuevo como cuando un niño pequeño
tira de la manga de su madre para atraer su atención. Sólo debería
dejar de hacerlo cuando haya obtenido la respuesta adecuada.
En cuanto él se gire e incluso dé un paso de lado hacia usted,
cámbiese a un sitio más grande, lo ideal sería uno que
tuviera entre 8 y 14 metros. En un lugar más grande él querrá
correr más. Si lo hace, permítaselo, pero manteniendo la cuerda
bastante suelta entre ambos. No tire de él, ya que en tal caso él
tiraría hacia atrás. Pronto se dará cuenta de que correr
no cambia las cosas y parará. Cuando lo haga, pídale que vaya
hacia usted y, nuevamente, vuelva a premiar la más mínima respuesta
relajándose de forma clara, aflojando la cuerda y elogiándole.
Antes de volver a pedírselo de nuevo, concédale un segundo para
que piense sobre ello. Si se lo pide demasiado rápido no podrá
ver que esta reacción produce alivio y probará otra. Al principio
es más fácil pedirle que avance de lado que hacia delante. Si
extendemos nuestra otra mano por detrás de él podemos pedirle
que avance en un círculo y así utilizar los lados del cercado
con la cuerda lo suficientemente floja.
Cuando tenga la seguridad de que la presión en la cuerda le hace ceder
en lugar de correr, camine con él, diga “so” de repente
y pare en seco con el cuerpo inmóvil y cerrando firmemente la mano
en la cuerda para que encuentre su resistencia. No se mueva. Cuando él
se pare, suelte la presión, relájese y prémielo; si se
marcha al galope deje que lo haga, después, repita las fases anteriores
antes de volver a intentarlo. Una vez que haya establecido la parada, repítala
con frecuencia hasta que pare con las señales verbales y corporales.
Así que, tenemos tres métodos para utilizar la cuerda que deberían
ser fácilmente distinguibles para el caballo: uno, con el ramal holgado
mientras andamos hacia delante bastante relajados; dos, pidiendo con tirones
secos repetidas veces; tres, con el cuerpo y la mano rígidos y quedándonos
parados para pedir una parada o para corregirle cuando se aleja de nosotros.
Éstos preparan bien al caballo para el trabajo futuro. También
habrá aprendido a parar a la voz.
Pedirle que nos siga es más difícil, ya que si estamos demasiado
cerca no puede vernos. Aquí el cubo de comida o el puñado de
hierba ayuda bastante. Nuevamente, cuando nos dé la respuesta correcta
no debemos pedirle otra vez de forma inmediata, sino relajarnos, premiar y
hacer una pausa. Al principio un paso cada vez es lo mejor. Cuando él
tenga la seguridad de que ésta es la respuesta correcta nos la dará
dos veces, después tres, finalmente muchas.
Si quiere darle la vuelta, levante la mano izquierda a la altura de su ojo
para mandarle fuera. Diríjale por espacios más grandes, siempre
vigilando que la cuerda esté lo suficientemente suelta y acariciándole
con frecuencia. A la hora de pasar por una entrada, bloquee su camino un poco
con el cuerpo para que pase despacio: todos los animales presa tienen tendencia
a apresurarse al pasar por huecos estrechos.
Los potros pequeños suelen ser reacios a moverse hacia delante. No
tire, pase una cuerda alrededor de sus cuartos traseros sujetando este lazo
en una mano y el ramal en la otra. Si se queda plantado, pídale primero
con el ramal y la voz, después tire del lazo de atrás.
Cuando ya pueda dirigirlo con la cuerda del cuello, póngale también
la cabezada pasando el ramal por la anilla trasera con la lazada a mitad de
su cuello.
La ventaja de la cuerda del cuello es que con ella los potros casi nunca se
encabritan o luchan como hacen con la cabezada. Pero hay que tener cuidado
de no estrangular al caballo.
Así es como yo pongo la cabezada a caballos revoltosos y grandes (hasta
ahora el más grande era un percherón adulto que no había
sido tocado) sin utilizar nada de fuerza y en muy poco tiempo. En algún
momento, también me gusta hacerle dar vueltas suelto con 5 m de cuerda
colgando desde el lazo del cuello. Al principio corren pero después
se tranquilizan. Esto evita muchos accidentes más tarde. El momento
para hacerlo debe elegirse con cuidado, dependerá del temperamento
del animal.
No utilice una de esas cuerdas de las que se adquieren en las tiendas que
queman las manos y se hacen nudos fácilmente, la verdad es que no puedo
entender por qué la gente las compra. Una cuerda gorda y suave es bastante
más segura.
Veamos ahora cómo coger las manos y los pies. Cualquier herrador le
dirá que la mayoría de los propietarios no enseñan bien
a sus potros. Una vez más, debemos mostrarle al potro que si nos da
lo que queremos tendrá alivio y recompensa.
Las manos y los pies no son más que una defensa natural del caballo
y es lógico que tenga miedo de dárnoslos. Esto, añadido
a su temor a que estemos alrededor de él con más miedo todavía,
o gritando, no le ayuda a confiar en nosotros. Cuando estamos haciendo algo
tan amenazador debe tener la posibilidad de vernos y de olernos, así
que lo mejor es no atarlo. Déjelo suelto o sujete el ramal holgado
en una mano mientras trabaja con la otra y permanezca totalmente relajado
pase lo que pase.
Acaricie hacia abajo el brazo del potro hasta que levante la mano de forma
repentina. Ésta es una versión nerviosa de lo que queremos,
así que debemos elogiarle y acariciarle. Después, esperar un
segundo y a continuación repetirlo. Tras unos cuantos intentos la levantará
con calma o nos dejará colocar nuestra mano detrás de su menudillo.
No ponga la mano alrededor de la cuartilla porque eso le asustaría.
Tire de su mano hacia delante antes de doblarla hacia atrás. Si se
mantiene con ella levantada, cójala por debajo de la punta del casco
durante un segundo antes de dejar que la baje. No se preocupe si se la arrebata
bruscamente, mantenga la calma y siga repitiéndolo. Si es especialmente
nervioso con respecto a dejar que le cojan las manos, lo mejor será
disponer de un ayudante cerca de su cabeza que pueda darle algo de comida
como recompensa justo en el momento en que usted le levante y le examine la
mano.
En lo que a los pies se refiere, permanezca cerca del potro y haga que se
equilibre tocándole un poco con el cuerpo. Sujete el ramal en una mano
para que su cabeza pueda estar ligeramente vuelta hacia usted. Con la otra
mano, acaricie su pierna hacia abajo hasta que levante el pie, lo que probablemente
hará coceando. No lo tenga en cuenta, simplemente repítalo con
calma. Cuando libere el peso de la cadera del lado en el que usted se encuentra
estará manteniendo el equilibrio con la otra y relajándose.
Acaricie su pierna hacia abajo hasta que pueda poner la mano alrededor de
la parte trasera de su menudillo y levante el pie un poco hacia delante y
hacia arriba. No tire de la pierna hacia fuera. Al principio, conténtese
con una pequeña reacción tranquila y elógielo afectuosamente.
Cuando pueda levantarle el pie hacia delante por debajo de su cuerpo sin dificultad,
coloque su mano por debajo del casco y sáquelo despacio hacia atrás
para examinarlo. Al principio, lo mejor será no levantarlo demasiado
hacia arriba ni durante mucho tiempo.
Si el potro se pone más violento en lugar de más tranquilo eso
es que las cosas se están haciendo demasiado rápido, hay demasiada
tensión en nuestro cuerpo o estamos intentando forzarle. Si nos ponemos
en el lugar adecuado no habrá ningún peligro aunque el caballo
cocee y si mantenemos el ramal en la longitud adecuada tampoco podrá
acercar sus cuartos traseros a nosotros.
Castigarle en esto no tiene ningún sentido. Si se defiende y le atacamos
por ello, seguro que la próxima vez se defenderá más
y antes. No se puede castigar a un animal por una reacción “equivocada”
hasta que él sepa con certeza cuál es la “correcta”:
sólo le asustaríamos. Al igual que para llevarlo a ramal, repita
las peticiones, ignore las respuestas que no quiera hasta que vea que son
inútiles y en cuanto obtenga el mínimo movimiento en la dirección
correcta, relájese, prémielo y haga una pausa para que él
piense sobre ello.
Utilizar una palabra o una frase en el momento de hacer la petición
es una buena ayuda, el caballo llegará a reconocerla.
Si tiene un caballo más viejo que da problemas con sus pies, será
porque la gente haya utilizado el castigo mal y demasiado pronto. Habrá
que volver a enseñarle tratándole como si fuera un potro, empleando
una palabra que nunca nadie haya usado antes y utilizando la comida como recompensa
en cuanto se consiga la más mínima respuesta positiva. Hay que
tener mucha paciencia. Cuando un caballo ha aprendido una actitud negativa
las recompensas con comida ayudan enormemente a cambiarla, aunque si enseñamos
bien desde el principio no serán necesarias.
Para preparar a un potro para el herrador, lo mejor es acostumbrarle a que
sus pies sean tocados y golpeados con instrumentos y a que los extienda hacia
atrás y hacia delante. Un potro no puede mantener bien el equilibrio
sobre un solo pie salvo que esté totalmente relajado y empiece poniendo
su peso sobre el otro: es decir, no debemos pedirle que levante un pie a no
ser que se encuentre en tal posición que pueda dar un paso hacia delante
con el mismo.
Por Lucy
Rees, traducido y adaptado por Begoña
Sánchez Gómez
Publicado en la revista Ecuestre