Con el trabajo en el picadero redondo hemos logrado que el caballo esté
atento, se haya calentado y quede libre de tensiones: el estado óptimo
para empezar a trabajar. Ahora queremos convencerle de que quiera estar con
nosotros por su propia voluntad moviéndose en coordinación con
nuestros movimientos. Si no lo hace desde el suelo, tampoco lo hará
cuando estemos montados, algo que ocurre con frecuencia.
Tenemos al caballo parado, mirándonos con interés.
ACERCAMIENTO
Tan sencillo y a la vez tan complejo. Los caballos mansos y confiados nos
perdonan gran cantidad de errores, pero los desconfiados, ya sean cerriles
o resabiados, no. Hay que tener en cuenta lo siguiente:
Con los caballos muy desconfiados adoptamos una técnica tan útil en superar problemas de miedo que sirve de forma general para todos y que merece la pena examinar en detalle.
ACERCAMIENTO/ALEJAMIENTO
Es la manera de conseguir una habituación rápida y fiable. En
vez de acercarnos sin parar, lo que provocaría que el caballo explotara
y saliera corriendo, nos acercamos sólo un poco y nos alejamos de inmediato
en cuanto notamos el más mínimo aumento de su tensión.
Paramos unos segundos, durante los cuales se da cuenta de que ha sobrevivido
a esta experiencia (idea muy fuerte en su psicología) y se relaja,
a menudo moviendo la boca o suspirando. Después repetimos el avance,
esta vez acercándonos más antes de que el caballo se tense y
retrocedemos otra vez. Continuamos así hasta que estemos en el límite
de su espacio individual, donde debemos parar, hablándole con tranquilidad
hasta que nos huela o sintamos que podemos tocarle levemente, después
lo hacemos con contactos más prolongados.
Siempre es más fácil que el caballo acepte una experiencia que
teme si se la presentamos así, en etapas discretas, retirándonos
a una posición que él reconoce como segura para que se calme
y su adrenalina baje, de lo contrario, sería fácil que ésta
aumentara hasta el nivel de pánico. Así, por ejemplo, para tocar
el pie de un potro acariciamos la cruz (ayuda a bajar las pulsaciones), movemos
la mano hacia la grupa, la retiramos a la cruz, la llevamos hacia el muslo,
la retiramos a la cruz, la bajamos hasta el corvejón y así sucesivamente
hasta llegar al pie.
Si es un potro sin tocar estaremos contentos con cualquier avance. Por ejemplo,
si al cogerle las manos y los pies los levanta con calma aunque no nos deje
sujetarlos, estamos en buen camino. Notamos que casi todos, incluso los mansos,
necesitan olernos cuando trabajamos con los pies, lo que indica que necesitan
mucha confianza para darnos estos elementos imprescindibles para su defensa,
la huida. (Muchos caballos no se dejan herrar cuando están sujetos
o atados por no tener la posibilidad de examinar al herrador mientras trabaja).
Podemos usar esta técnica en muchas situaciones.
EL TACTO
Cuando tocamos al caballo nuestro tacto debe transmitirle confianza, seguridad,
amistad. Las caricias largas y lentas le resultan más agradables que
si le frotamos, vamos a contrapelo o movemos la mano con rapidez y nerviosismo.
No les gustan las palmadas, que son un truco que emplean los domadores para
desensibilizar a los potros antes de montarlos. A los caballos les gusta el
mismo tipo de caricia que a los gatos, que tampoco soportan los golpes.
Cuando montamos a un caballo le estamos pidiendo que nos entregue todo su
cuerpo con confianza. En realidad, pedimos lo mismo desde el suelo cuando
le acariciamos por todos partes intentando descubrir el tacto que le da placer,
dónde le gusta que pongamos más o menos presión, dónde
tiene músculos o tendones duros o contraídos. Se puede cambiar
la actitud de un caballo notablemente sólo con caricias.
Durante esta sesión de acariciar todo el caballo, pueden ocurrir varias
cosas:
1.- El caballo se aleja por falta de atención (por ejemplo, el potro
entero cuando pasa una yegua). En este caso decimos: “bueno, si tu idea
es moverte, ¡muévete!” y ponemos presión para que
corra en círculos otra vez hasta que esté atento a nosotros
y nos pida parar. Es impresionante lo rápido que aprenden estos potros
distraídos, después de un par de repeticiones de esta táctica,
si se olvidan y se mueven de nuevo, hacemos un mínimo movimiento para
echarles e inmediatamente vienen a nosotros como diciendo: “perdón,
no quiero marcharme, sólo me he distraído un momento”.
2.- El caballo se aleja por nerviosismo. Es un error nuestro por hacer las
cosas demasiado rápido o con brusquedad o por pedir demasiado. Debemos
pedir perdón, acercarnos otra vez y aprender a ir más despacio.
Nunca debemos castigar a un animal por nuestros errores, sino aprender de
ellos.
3.- El potro nos muerde. Le echamos de inmediato con rabia y gritos furiosos
y le ponemos a dar vueltas hasta que nos “calmamos” y le dejamos
venir de nuevo. El mensaje es: “si te comportas así no puedes
estar conmigo”. Esta forma de enseñar el comportamiento social
adecuado es básicamente equina. Para que sea realmente efectiva tenemos
que dejar que el potro nos muerda de verdad, sino no sabrá lo que ha
hecho mal. Si sabemos que es un potro que muerde mucho, lo mejor será
que nos pongamos una chaqueta fuerte porque nos morderá al menos tres
veces antes de entender qué es lo que nos ha enfadado tanto. Yo dejo
que los potros me toquen con sus labios, es su forma de comunicarse, pero
NO con los dientes.
Tenemos que poner un límite firme y claro y no permitir nunca que lo
sobrepasen. En libertad aprenden muy rápido, más que cuando
están atados con un ramal, porque de esta forma no se puede efectuar
el castigo de echarles rechazando su compañía.
SEGUIMIENTO
Esto significa que vamos juntos en paz, armonía y coordinación.
Es nuestra meta en esta fase.
Si hemos convencido al caballo de que está en buena compañía,
no querrá perdernos.
Acariciamos el cuello y nos movemos hacia delante un metro o dos cruzando
su línea de visión y dándole la espalda. Algunos nos
siguen de inmediato, otros no. Si sólo nos sigue con la cabeza, volvemos
a acariciarle y probamos otra vez. Lo que nos ayuda a convencer al caballo
de que se mueva es:
Andamos sólo uno o dos pasos antes de parar y acariciar brevemente
transmitiendo la idea: “qué bien que estamos juntos, ¿no?”,
después caminamos un poco más con pausas frecuentes hasta que
el caballo nos siga fácilmente. Notamos que se coordina perfectamente
con nosotros parando cuando nos paramos en seco, girando cuando giramos. ¿Para
qué necesitamos un ramal? No para obligar al animal a venir, sino para
evitar que se despiste.
Ésta es la verdadera elección libre del caballo de seguirnos
como líder de forma voluntaria y que hace simplemente por convicción.
Cuando tenemos un caballo que de verdad quiere estar con nosotros, aunque
esto no lo es todo, tenemos una gran base para nuestro trabajo juntos. Si
no quiere unirse a nosotros desde el suelo, ¿cómo podemos montarle
con confianza?.
Si estamos usando este sistema para calentar y preparar a un caballo ya montado,
en esta fase del trabajo ya podemos montarle. Si es uno resabiado o un potro,
seguimos avanzando otros pasos. Si es nuestro caballo de siempre o un potro
demasiado joven para montar, podemos investigar y fortalecer sus reacciones
invitándole a que nos siga cruzando palos puestos en el suelo o pasando
otros obstáculos e incluso trotando o saltando con él, siempre
con cuidado de no pedir demasiado para empezar, sino de ir aumentando las
dificultades muy paulatinamente.
Cuanto más practiquemos esta reacción natural, premiando al
caballo por su elección, más buscará nuestro apoyo y
consejo cuando algo le asuste, igual que cuando buscaba a su madre y al líder
de su manada que tampoco necesitaban ramal.
He notado que este trabajo (el acercamiento en libertad, el contacto con todo
el cuerpo y el seguimiento) da mucha confianza a los principiantes cuando
practican con un caballo manso. Y, en particular, es especialmente el levantar
los pies de un caballo suelto lo que da confianza a ambos.
Por Lucy
Rees
Publicado en la revista Galope (2003)